Textos




2020 Schevach, Gabriela (ArteBA)
2019 Aracil, Alfredo (Otra Parte)
2018 Bentivegna, Diego (Op. Cit.)

2017 Vignoli, Beatriz (Página12/Rosario)
2016 Silvestri, Carlos
2015 Vignoli, Beatriz (Página12/Rosario)
2015 Milano Questa, Naranja (Mansilla)
2015 Iglesias, Claudio (Baltasara)
2015 Gainza, María (La Maison Rouge)
2014 Shulman, Liv (Diario El Flasherito)
2014 Schevach, Gabriela (Rev)
2013 Cippolini, Rafael (Revista Ñ)
2012 Zuluaga, Natalia (CIFO)
2012 Vignoli, Beatriz (Página12/Rosario)
2012 Katzenstein, Inés (Pul)
2012 Fuentes Guaza, Luisa (CIFO)
2011 Vignoli, Beatriz (Página12/Rosario)
2011 Fernández Irusta, Diana (La Nación/Revista)
2010 Fuentes Guaza, Luisa (Index Box)
2009 Rubio, Marisa (Página12/Radar FAN)
2009 Iglesias, Claudio (CCEBA Texto curatorial)
2009 Iglesias, Claudio (CCEBA Catálogo)
2009 García Navarro, Santiago (Revista Exit)
2008 Villa, Javier (La Nacion/ADN Cultura)
2008 San Martín, Raquel (La Nación/Cultura)
2008 Lebenglik, Fabián (Página12)
2008 Iglesias, Claudio (La Nación/Cultura)
El arte de la obra inexistente 
Publicado por el sello rosarino Baltasara Editora, el libro reúne textos del crítico de arte bonaerense, quien es licenciado de Letras por la UBA, traductor, curador y colaborador especializado del suplemento Radar, entre otros medios.

Beatriz Vignoli
Página12/Rosario, noviembre de 2015

(Versión PDF)


“El artista emancipado de la objetividad vaga como una sombra por los canales de televisión!, escribirme e el crítico de arte Claudio Iglesias en el prólogo a su segundo libro de ensayos (y el primero editado en Argentina) en referencia a “los artistas locos, los artistas empresarios, los artistas estratégicos y los artistas burócratas de hoy en día”. Titulado *Rubias teñidas*, publicado en Rosario, el libro se presenta hoy a las 18, en la sede de la Fundación Federico Klemm (Marcelo T. de Alvear 625, Buenos Aires). De sobria tapa azul, inaugura la colección *Ensayo* de Baltasar Editora, que lo seleccionó en una convocatoria de ensayos sobre arte contemporáneo.

Es para celebrar que haya llegado al papel esta apuesta intelectual fuerte are un autor de la generación del milenio, cuyas mejores plumas no bajan del limbo electrónico. *Rubias teñidas* reúne dos excelentes monografías que componen un contrapunto. A dos trabajos sobre artistas de algún modo sin obra, Federico Klemm y Marisa Rubio, les sigue una reflexión crítica sobre el estado actual del arte; al igual que el prólogo, este epílogo cobra independencia como denuncia.

Cada una de ambas figuras (las “rubias” del título) se da a leer como el polo en espejo de la otra: a la subjetividad sin objeto del mediático Klemm se oponen los ejercicios actorales de Marisa Rubio, que existen en una realidad puramente objetiva donde nadie accede a ellos como obra de arte. Premiada en un salón nacional de Rosario, esta artista nacida en Tierra del Fuego se desdobla en Naranja Milano Questa, Helena Líndelen, Clara con peluca rubia o Clara con peluca pelirroja. La estrategia ya hizo escuela y recuerda al escritor gay JT Leroy, que en realidad era Laura Albert. Pero si hay arte, para Iglesias, no es en la saga autobiográfica de Kemm sino en las máscaras sin rostro de Rubio. Aunque después argumente contra el conceptualismo de gacetilla, el “arte contemporáneo” reducido a descripción de proyecto: sería mera comunicación, acceso, “actitud”, dice y cita la advertencia de Gumier Maier contra los artistas profesionales del “La idea es…”. Parece reescribir ¿desde la izquierda? *La palabra pintada*, de Tom Wolfe.

Nacido en 1982, licenciado en Letras por la UBA, traductor y curador, colaborador del suplemento *Radar* y otros medios, Iglesias es un crítico de este siglo, capaz de esgrimir el neologismo `novedoso´ como un insulto. A demoler ilustres colegas suyos nacidos hacia 1960, como Alan Pauls y Reinaldo Laddaga, se ha dedicado con ahínco, ingenio y sólidos argumentos en sus notas para la revista *Éxito*, algunas en colaboración con Damián Selci (http://notawsexito.blogspot.com.ar/). Es autor además de *Falsa conciencia: ensayos sobre la industria del arte*, publicado el año pasado en Chile por la Editorial Metales Pesados.

Se deduce de las reseñas de su primer libro que, valiéndose de una caja de herramientas forjadas en Frankfurt por teóricos como Isabelle Graw, Iglesias encontró una línea de fuga ante la bipolaridad del ambiente del arte de Buenos Aires a partir de la posdictadura (que iba de un soso conceptualismo institucional público al kitsch involuntario privatizado) en la brisa renovadora de fines de los 90: el espacio de Gumier Maier en el Centro Cultural Rojas y la galería Belleza y Felicidad, de las poetas Fernanda Laguna y Cecilia Pavón.

Si la crítica fuese un deporte, se diría que Iglesias tiene un ataque poderoso y una endeble defensa. Huelen a sofismas sus argumentos ontológicos en proa una actriz secreta que cree engañar a dos psicoanalistas (Rubio) y que vive de enseñar dibujo bajo una identidad cínicamente falsa. Es como si el amor lo amordazara en alguna medida, mientras que su lícito y formado pensamiento se expresa sin ataduras cuando escribe desde la trinchera. Su extenso e intenso ensayo inicial, donde disección el menemismo a través de esa lente de aumento singularísima que fue el pintor y mecenas Federico Klemm (nacido en 1948, fallecido en 2002), no tiene una sola frase que no den ganas de citar, resaltar o subrayar. Si hubiera podido leerlo el retratado (retratista de Mirtha Legrand, Susana Giménez y Amalia Lacroze de Fortabat; émulo de aquella otra falsa rubia tarada que fue Andy Warhol) quizá diría, como una vez escribió: “nos hemos reído como pocas veces en nuestra vida”. En la ambivalencia gana la fascinación; no es casualidad que el libro se presente en la Fundación Klemm.

“Artista a la vez que mecenas, genio incomprendido y generoso soporte del arte ajeno y propio, Klemm encarna de una forma muy vernácula la definición del artista como un agente interconectado y movedizo que, como parte fundamental de su trabajo, organiza fiestas y muestras, construye su propia colección, apoya el arte ajeno y a la vez pinta cuadros profanadores. No es un emprendedor; es más bien un entretainer que financia sus propios arrebatos, contrata arrebatos ajenos y vive consciente de la identidad del arte con su propia persona y su tejido de relaciones públicas”, escribe Iglesias.

Con muchos dólares menos, la descripción le calza entallada a más de una reina lumpen del underground amoroso, en Rosario o Buenos Aires. Suspicaz ante el poder, el joven crítico termina comprando los globos de colores que le venden en la supuesta vereda de enfrente del museo. ¿Se dejó cooptar por los micoremprendedores pequeñoburgueses, sin ver su envidia megalómana ni su simpatía hipócrita?

Al igual que otros (entre quienes se incluye y hace su autocrítica quien escribe esta nota), será muy tarde cuando él también se dé cuenta de que la diferencia entre las petites damas del arte y las grandes divas de la TV es sólo de raiting y de pelaje: varias rubias naturales ya habrán llegado de la periferia al centro usando de escabel su cabeza genial.