2019/2020

Vista de instalación en Mite galería y réplicas de clásicos de la pintura impresionista pintados con la mano izquierda por Marisa Rubio: Camino en los campos de trigo de Pourville (Claude Monet); Paisaje marino cerca de Les Saintes-Maries (Vincent Van Gogh); Paisaje litoral (Pierre-Auguste Renoir); Landscape (Paul Gauguin), realizadas con témpera sobre papel, 35 x 50 cm (aprox.) cada una.


Testimonio de Lilien Savi sobre la muestra, Noviembre de 2019

Un lugar que ni bien lo vi me recordó, por la forma de algunas cosas, al film Fresas salvajes, sobre todo a una escena en donde el médico prefiere “estar” el resto de su vida. Un lugar cálido, también este. Una alfombra con dibujos, guardas egipcias que siempre pienso tienen la respuesta, lo que queda de un diálogo entre dos personas, una niña siguiendo el dibujo con todo su cuerpo mientras esperamos ser atendidas.

Hay una lámpara baja colgada de una viga, heredada o de la familia, antigua. Hay dos estatuas y unos angelitos abajo de una mesa. Los muebles son oscuros, las estatuas muy distintas entre sí. Una muy orgánica, circular, redonda y grande, de figuras humanas las dos.

Pienso en un consultorio de un médico traumatólogo, o cirujano de manos.

La escultura que está apoyada en el escritorio es rústica, hecha con las manos, y la mujer parece estar trabajando la tierra, ennegrecida. Las reproducciones que ocupan las paredes tienen una firma maravillosa, igual a la de los “grandes maestros impresionistas”. Parece témpera por la opacidad y algo seco. Los marcos celestes, no me parece casual.

Hay un clima ya dispuesto por el color de los muebles y las sillas. Nada, salvo la niña, toca la guarda persa de la alfombra.

Mucha gente pasa por el consultorio, no todos se sientan, pero lo que veo es que rodean el escritorio o miran la agenda que hay sobre él. También quieren saber si las rococó del florero son de verdad. Hay una música tranquila con una imagen que nada tiene que ver.

A lo largo de la espera empiezo a sentirme con algunas molestias; estornudos, dolor de garganta, ganas de salir cuando veo que alguien saca muchas fotos al lugar y a los que estamos esperando. En ese momento supe que no podía dejar de reír, sin propósito, algo inesperado.

Siempre alguien llega para esperar. Algunos se van y después de un rato vuelven. En un momento se arma una especie de tertulia; hablan o leen un grupo de chicos un libro de Clara S., otra obra de la artista, que parece estaba ahí. (Eso fue algo increíble, encontrar ese libro en el consultorio, tapado por otros, en un rincón, fuera de toda biblioteca.)

Me parece que el lugar, el consultorio, es tan cálido que da gusto estar. Tiende al rojo, pero no me da la sensación de que esté en una ciudad sino en las afueras, en un lugar apartado. Más bien parece un chalet alejado y tranquilo.

En algún momento de la espera llegan dos mujeres, parecen sorprendidas y a la vez sabiendo no encontrar al médico. Se despegan o recortan, como figuras salidas de un papel en blanco. Son distintas a la gente corriente que pasa por el consultorio, estas mujeres se me hacen “reales” y con toda la fuerza para estar ahí. Saludan al llegar y se sientan muy cerca de una mesa con velador, un poco frágil (la mesa, no el velador), que hace juego con las rococó que perfuman o decoran el escritorio.

Todo esto da tensión al espacio, sobre todo las dos mujeres que son tan distintas entre sí, una de ellas parece estar trabajando la tierra desde la raíz (lo digo por el aplomo que siento en esa mujer, una certeza inexplicable). No siento en ella que necesite del médico, ni siquiera en su dentadura, que me fijé era blanca y perfecta. Su compañera me da la sensación de fragilidad, se la ve sin entender lo que está pasando. Todo esto y su fijar un lugar dentro de la sala tambalea o rebota en el espacio que queda para esperar, trazando una diagonal con nosotras en el campo de acción.

Ellas, la mujer más joven y la que la acompaña, quieren estar ahí sin ser miradas pero sí viendo. Le dan mucha realidad a la obra, porque tampoco se preguntan, como otros, de dónde provienen las cosas, objetos o aparatos, sino que ya conviven con el consultorio.

Cambian dos veces de lugar hasta ubicarse cerca nuestro. (No sé si dije que el consultorio tiene cortinados y luces encendidas.) Todo participa en silencio y es parte de la obra. Hablo de todas las cosas. Todo. Y ellas, solo con su presencia, dan sentido a la espera. Su actitud no es la misma que la de los otros que llegan y se sientan cómodamente en los sillones.
Siento que la obra habla de la soledad y el tiempo, lo que nos queda.

Arriba se escuchan voces, y es muy agradable el rincón en el que está la reproducción de Gauguin, es para quedarse todo el día y parte de la noche.


La mujer de negocios que se lamentaba de no vivir en el campo
Noviembre de 2019 / Febrero de 2020
Galería Mite, Buenos Aires


2020 Gabriela Schevach (arteBA Fundación)
2019 Alfredo Aracil (Otra parte)